(Originalmente publicado el 4 de marzo de 2016)
(Por favor, no leas esto si eres alguien sensible, es la carta mas asquerosa que he escrito. Gracias).
Me
tomo la molestia de escribir en la madrugada porque este sueño me ha
impactado tanto que necesito escribirlo, así sea desde mi teléfono.
Deseo vomitar, y a la vez, el profundo impacto que este me ha dejado me
obliga a escribirlo justo ahora.
Estábamos organizando con mis
alumnos un viaje especial, un viaje de turismo que no comprendo por que,
pero parecía terminar en Asia. Tomamos motos de invierno, en parejas
comenzamos un largo viaje que demoraba un día, y cuando llegamos el
suelo se tergiversó de una manera increíble. Nuestro destino de repente
se transformó, llegamos a un lugar cuyo olor me es absolutamente
imposible de describir. Un hombre relativamente gordo y viejo nos
recibió, con ropas tradicionales que nos dio la bienvenida. El
olor que se él Emanaba era tan nauseabundo que lo único que hacía era
agradecer el no haber comido demasiado durante el viaje, el
nos ilustró con libros respecto a tradicion que en sus manos
estaba. El aseguraba que su trabajo era el más importante de todos y por
el momento, aún medio dormido, puedo hallarle la razón.
Ese
hombre bajo y de mirada melancólica y amable era el sepulturero de un
cementerio con milenaria tradición. La técnica del entierro en ese lugar era la más asquerosa que nunca antes pude haber siquiera imaginar. Trabajaba sin guantes, sus botas antiguas de cuero estaban embarradas por
completo, y conforme nos guiaba hacia el "jardín " el olor de hacía cada
vez más insoportable. Permítanme ahora por favor describirles lo que se
ese sueño me sacó.
El suelo tenía un color difícil de explicar.
Era de un tono verdoso y oscuro, un tono opaco que parecía a veces
marrón, era húmedo y su consistencia hacía que cada paso que dabas se te
quedarán pegados los zapatos al suelo. Nos llevo a través de tumbas hechas
aparentemente de barro cocido, un barro tan podrido como el suelo
que pisábamos y que de ellas sobresalía un olor de espanto. Las tumbas
tenían forma de faroles gigantes, del tamaño suficiente como para que
cupiera y persona adentro . Tenían espacios abiertos que parecían
ventanas sin cristal, y el cuerpo del difunto estaba al parecer prácticamente a la vista. Entonces conforme avanzábamos por aquel jardín
asqueroso en donde no me explicaba el por qué aún habían en pie árboles, y
habían personas que rodeaban esas extrañas tumbas para visitar a sus seres
queridos, comencé sentirme mal del estómago. El hombre explicaba mientras tanto,
con una increíble devoción, el absurdo proceso que llevaba a cabo desde hace
50 generaciones; el cuerpo debía dejarse sin enterrar unos días y cubrirse con heces de oso, y esa putrefacta masa que pisábamos, esa masa
hedionda era el producto de la descomposición de todos los cuerpos que
allí alguna vez yacieron. El hombre cubría luego los demás cuerpos cubiertos con la masa que de otros
cuerpos ya, totalmente podridos, encontraba para acelerar el proceso de
descomposición, el cual no dejaba ni siquiera los huesos del difunto
luego de algunos años del cuidadoso tratamiento que el le daba a cada
uno de ellos. Con una enorme espátula ungía el interior de las tumbas
abiertas, cubría los despojos mortales como quien unta de mantequilla un
pan. Los seres queridos iban en grupos a honrar a su familiar pese a lo
que a simple vista se veía, era tan espantosa esa mezcla que ni moscas
ni otros insectos querían estar allí para alimentarse, y esa masa
putrefacta de luego retirar para ungir otros cuerpos, el resultado me es
absolutamente imposible de describir.
El olor mortecino se te
pega en la ropa, en la piel, el cabello, la gente acudía para rezar con
cierta expresión de alegría y los niños parecían tener que soportar esto
muy en contra de su voluntad. Les colocaban máscaras teñidas con telas y
decoradas de una manera siniestra, con pinturas, dando una especie de
estilo de máscara funeraria mal pintada y espantosa. No se cuanto tiempo
había yo estado con algunos turistas tan asqueados como yo allí, pero
de lo que si estaba seguro era de que quería salir de ese cementerio
verde oscuro. El hombre orgulloso nos guío hasta una parte cercana de un ataúd y vi algo aún mas espantoso que todo lo anterior torpemente
descrito. Era y mujer vieja, tendría más de 70 años y estaba semi
enterrada viva en esa mermelada infernal. Sus lamentos eran como los de u
alma en pena y sólo su cabeza, hombros y pies estaban descubiertos, tan
solo un farol metálico de color negro le hacía compañía en su hedionda
agonía y no necesite preguntar que demonios hacía así y allí porque el
explicó lo siguiente : "Está allí porque padece de una enfermedad
complicada, tiene llagas en el cuerpo debido a ésta y los efectos
curativos de esta masa mezcla de los difuntos de siglos tienen poderes
curativos".
Definitivamente no tuve más remedio que agradecer por
la visita guiada mientras el ungia otra tumba con su enorme cuchillo de
mantequilla y salí de ese lugar lo mas pronto posible. El olor
impregnado en mis ropas y piel me daban la impresión que no saldrían con
una simple ducha, y el olor a aire limpio inundó mis fosas nasales,
deseaba jamás haber entrado a ese lugar, y del espanto que me causó, me
desperté.
Son la 5:42 am, estoy cansado, he dormido realmente
poco en la última semana debido al proceso de cambio de medicamento,
pero aún sabiendo que era sólo un sueño y que es en parte influído por
las medicinas, no quiero ni comer ni dormir.
Deseo morir, pero definitivamente jamás ser enterrado ni tratado de esa forma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.