Ah, dolor infinito que reposa en mis venas, en mi carne, en mis huesos,
tu fragancia pútrida alivia mi alma, ensordece mis sentidos, nutre el
aliento muerto de mis lamentos, le das un sentido a mi dolor. Malditos
sean los dedos que te escriben, te halagan y se sacian de ti, de tu
destino, pues en él encuentro yo el camino que me llevará al infinito
oscuro de los abismos que me llaman por mi nombre, condenándome a ser
indeseado en todas las realidades, todos los planos, desterrandome y
condenandome al eterno olvido.
Desesperanza sea mi compañera, la
que me susurra, la que me consuela, desesperanza que me alimenta, que me
alienta a no morir, a soportar esta agonía, desesperanza que escribió
mi historia con la sangre que me sacaron con tortura incipiente, con
lujuria, con la idea de dibujar en mi rostro el sabor de la muerte.
Desesperanza, mi compañera, mi guía, mi mejor amiga, la que me despierta
todas las tardes y me arrulla en las madrugadas. Tus gélidos dedos se
entierran en mi piel, me desgarran, me reconfortan. Tu mirada me duele, me desangra, me matan, me reviven, me desangran, tus palabras
me ensordecen con tus mil sonidos, con tu lengua biperina. Me atan a la
agonía, me relajan, me mantienen en un sopor reconfortante que me
produce alegría, no me dejes, por favor te lo ruego, se por favor mi
eterna compañía, la que me han negado por años con desgarrante indolencia,
con esa luz eterna que perfora y desintegra lo poco que me queda de este
corazón que a ti se aferra.
Sean las sombras mis amigas, mis
consejeras, las eternas mensajeras de la desdicha que de mi se ha
enamorado, y con cada una de sus cartas me demuestra que a la soledad
eterna he sido condenado, delicadamente labrando un lecho en el cual
eternamente estaré destinado a estar recostado para desde allí mirar al
cielo de un negro profundo, de nubes rojas y olor mortecino.
Miren
mi pecho!, oh, si!, ese increíble agujero! Ese en donde pasa a través
de él cualquier mano, cualquier brazo, pero agranda cada insulto, cada
amor destrozado que con desespero me aferro y del mismo modo, una y otra
vez, estoy destinado a ser rechazado. Pero claro, quién quisiera con
todos los sentidos despiertos tomar la mano de este ser condenado? por
supuesto, nadie, estoy condenado a ser despreciado. Y entonces vuelven
las cartas desdichadas de aquel ser que del averno me ha enviado,
nuevamente comentando lo mal que me han tratado, lo mucho que por siglos
me ha amado! Y entonces yo que hago con tanto amor imposible
idealizado?
Por favor, no sientan lástima, nadie necesita de
mártires, bien me repetían en el pasado, pasado que se ha grabado con
una fuerza tan infinita como la eterna noche a la que he sido
brutalmente castigado. Dígame alguien allí arriba, conocían alguna vez
algún clamor similar a este?, allí, desde la intensa luz de eterna
primavera, con olor a flores y a hierba fresca, donde no hay lugar mas
oscuro que la sombra fresca que los árboles ofrecen de la luz intensa,
de la luz eterna y bendecida de su padre, el que les ama con supuesta e
irremediable energía, y que les abrazará hasta el final de sus días.
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