viernes, 3 de febrero de 2017

XLI

Consternado en casa me encuentro. Con un vacío enorme en el pecho y el estómago, solitario, aún más solo de lo que me pude imaginar.  Hallegado finalmente este día, el día en que he comenzado a olvidar.

Por supuesto, esta sensación no debía ser del todo mala, ni del todo buena, sentir que olvido lentamente mi pasado me deja una sensación enorme de vacío, porque de uno u otro modo le había tomado cariño.  Me abandona, llevándose recuerdos de días de infierno.  Me abandona llevándose también pocos lindos recuerdos de días oscuros, grises, lluviosos y de tormenta que parecía que, si salía a la calle, me llevarían a varios kilómetros al sur de ese lugar.  Me abandonan esos ojos verdes que deseaban mi muerte, me abandonan esos ojos marrones que sólo deseaban manipularme a su antojo para convertirme así en el único culpable de todas nuestras desgracias.

Consternado estoy, más que nada debido a la eficacia de un fármaco que me impulsa a olvidar, cada día los recuerdo menos, cada día los olvido más, cada día pierden importancia en mi existencia, y se convierten en extraños sin nombre ni origen, así como si en un acto de piedad, la medicina se tragara todo el dolor que incluso había llegado a mis huesos, a mi alma, a mi ser.  El fin de un tormento, incluso de algunos aún mas antiguos que ese suceso ya 11 años atrás, se traga en sus fauces químicas y de compuestos extraños toda una vida, y siento como si de forma inesperada dejo de tener un tormentoso pasado, una dolorosa infancia, una terrible adolescencia.

No sé si molestarme o alegrarme, pero lo que si sé es que al menos, aunque en este momento estoy pasando por una precaria situación, me siento perdurbadoramente tranquilo.  Ya no hay espacio para un pasado, un ayer, sólo tengo un pesente y un futuro en blanco, porque mis sueños ya, apunto de alcanzarlos, parecieran que determinaran el comienzo de un fin.


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